Hay años que apremian y años que enseñan
Nos volvemos a encontrar desde este nuevo lugar.
Entre hojas, tinta y palabras; de las últimas bastantes estos días.
Mi vida se está moviendo tan rápido que lo único que se me antoja es parar el tiempo, un ratito, un momento.
Hace unos días encontré una frase que me ha estado dando vueltas en la cabeza sin parar. Esta decía “Ten paciencia, no te apures, hay años que hacen preguntas y años que dan las respuestas…No todo es ya, ni ahora…La vida toma su tiempo”
En realidad, tuve que parar y volver a leerla. Son de esas palabras que enchinan la piel antes de llegar al entendimiento mental.
Al hacerla racional, me quedó todo muy claro.
Y comenzaré con lo siguiente; hace unos años, cuando entré a mi tercera octava, me comencé a escribir palabras a fin de año que resumieran todo lo que había vivido en él.
En ese momento algo en mi me decía que la espiral siempre iba hacia arriba, estaba en un momento de mucha luz, de mucha certeza, de mucha expansión.
Y la vara me la puse muy arriba, y no porque ese no sea el estado en el que “idealmente” deberíamos estar, sino por olvidar justamente que hay años que apremian y años que enseñan.
La Fabritzia del 2018 se decía:
El 2018 sobrepasó cualquier deseo, uva, anhelo y pensamiento soltado en aquel globo de cantoya al cual le amarré todo lo que esperaba trajera consigo este nuevo año.
Cumplí uno de los sueños más grandes que he tenido desde pequeña, conocí a la persona con la que quiero pasar mis días, pude adquirir cosas materiales qué me han sido muy útiles, escribí más que nunca, conocí gente maravillosa, y sobre todas las cosas, me enamoré más que nunca de la vida y de mi. Me conocí de la forma en la que nunca había logrado hacer, quité la venda de mis ojos para aceptar mis defectos y poder ser mejor persona, me amé como nunca lo había hecho.
2019, este año te la puso difícil, pero también me dejó preparada no solo para hacerte darle batalla, me preparó para ti y para toda la vida. Más bonita, fuerte, plena y feliz. Más alma, mucha más vida; Celia bonita.
Así fue como el 2019 le contestó:
El 2019 fue un año clave. Recogí frutos de los años pasados, y empecé a sembrar semillas que nunca había probado. Fue un año de mucho amor, muchos cambios y muchas experiencias.
Siempre he estado firme con la idea de que el 2018 fue el año en donde me llené de luz y viví mis sueños de vida, y al iniciar el 2019 le puse un gran reto.
Hoy, se que el 2019 fue el año en donde toda esa luz vivió experiencias que la reforzaron y pusieron a prueba para darle más sabor.
Y si, el reto que el 2018 le puso lo cumplió y pasó por mucho.
Estoy viviendo mi mejor vida, auténtica, plena, luminosa, bonita y feliz. Una vida que empiezo a llenar de libros, plantas, frutas, risas, agua, rayos de sol, chocolate, abrazos, letras, té y todo, todo lo que me haga feliz.
¡2020, el reto que te toca es solo gozar de la felicidad que trae el día a día y todo lo que llene nuestro corazón y alma!
Y así fue como la del 2020 entendió:
Gracias 2020 por tus enseñanzas, por desacomodarme, hacerme dudar, llevarme a empezar de cero y replantear quien soy y quien quiero ser.
Gracias por abrirme al presente y permitirme ver el pasado y futuro como uniones indispensables, pero no como el tema central.
Vivo en el aquí y ahora... para no perderme en el allá y entonces.
Sale del 2020 y entra al 2021 una Fabritzia auténtica, amorosa, plena, feliz y con muchas ganas de dar un brinco gigante a mi interior para seguir creando el exterior que mi ser anhela.
“Si saltas vives, pero hay que saltar pa’ dentro”
Y hoy me gustaría decirles a esas tres versiones que todo eso también pasará. Que, así como lo malo pasa, lo bueno también lo hace.
Lo único certero es el cambio y es a lo que menos nos enseñan a estar preparados.
Nos enseñan a vivir vidas rutinarias, en donde tomar decisiones se vuelven condenas, en donde querer cosas diferentes a las que queríamos ayer está mal, que si quiero estudiar poesía moriré de hambre, si quiero tener un trabajo solo los fines de semana soy un flojo, si quiero trabajar 24/7 soy un posesivo, si quiero cambiar de trabajo cada mes soy un inestable, si quiero irme a explorar el mundo soy un desinteresado, si quiero tener una familia soy un anticuado, entre miles otras ( inserten todas esas creencias).
Nos plantean las mismas ideas que le funcionaron a alguien, sin hacernos ver que esas ideas fueron parte de la decisión de ese alguien. El si decidió, el si eligió eso…. ¿Por qué tendríamos que querer todos lo mismo?
Vivimos en un mundo en donde nos enseñan a gozar, disfrutar, compartir y entregarnos a lo bueno; a que eso si somos.
Pero cuando tocamos con experiencias que nos confrontan, no nos sentimos bien, no son buenos días, nos enseñan a no verlo, a no hacernos responsables; a que eso no somos.
Entonces vamos fingiendo que los seres humanos solo deberían “Ser Humanos” cuando se sienten bien, cuando lo externo parece estar bien.
¿Y cuando no es así?
Lo invalidamos, nos enfermamos y lo callamos.
Se que el 2021 no ha terminado, aunque me ha parecido que ha durado toda una eternidad.
Y me gustaría que todas las herramientas que he aprendido, los libros que he leído, las platicas, las frases compartidas en Instagram, etc. hubieran estado presente en cada decisión y experiencia difícil por la que me he tenido que enfrentar.
Y no me victimizo ni me culpo al respecto, se que he respondido a cada uno de esos eventos desde el mejor lugar que sabía hacerlo cuando se presentó (y confieso que las herramientas si suenan de fondo, aunque me guste fingir que estoy en silencio).
Y se que me gustaría estar leyendo estos párrafos y decirme “Claro Fabritzia, así de fácil como lo hiciste”, pero incluso hoy que puedo bajarlo a palabras, reconozco que he puesto demasiada resistencia a los cambios y ha sido muy difícil no aferrarme a lo cómodo, a quienes amo, a mi vida como la conozco.
Este año me he enfrentado a cambios y momentos de mucho roce y mucha introspección en mis temas fundamentales (pareja, familia y trabajo).
Incluso he tocado el suelo (literal) y mirado al cielo (literal) pidiendo ayuda de donde sea.
Gritándole al universo que no me olvide, incluso cuando todo el aprendizaje y mis creencias actuales me recuerdan que el universo lo tengo dentro de mi.
Que volteé a verme a mi, que respire, que escuche más, que deje de meterle tanto teatro a mi pensar.
Que también todo esto pasará, y todo aquello se acomodará.
Recordar que no siempre lo que planeamos en la cabeza es como sucederá en la realidad.
Me ha costado abrazar los cambios hermosos que también ha traído este año, cambios que llevo mucho tiempo manifestando, simplemente porque no se dieron en las circunstancias que imaginé.
Cambios que no se dieron parada en el pedazo de pasto que quería, y que por estar parada en cemento he desvalorizado.
A veces pienso (y me ha rectificado la vida por doquier) que vine a gozar del camino más que del destino.
Es por eso que hablo tanto de ello, porque hablarlo, ponerlo en mis palabras, leérmelo, decírmelo y llorármelo, me hace verlo y me hace abrazarme y permitirme darle un nuevo día a la vez.
Al final somos solo seres humanos aprendiendo a querer, querernos, compartirnos. Con los años, después de unos portazos, da un poquito más de miedo eso de abrir la puerta, pero mientras más sabes, mejor equipado estás para tomar mejores decisiones.
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